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Encuesta a editores: Carlos J. Aldazábal
Carlos J. Aldazábal es editor de el suri porfiado.

¿Cuál es el perfil de los sellos que editás?
El suri porfiado edita poesía, fundamentalmente, a pesar de que arrancamos con un libro de ensayo del neuquino Ricardo Costa. Pero también se trató de un ensayo vinculado a lo poético. Tratamos de que el proyecto editorial (se trata de un emprendimiento colectivo y de poetas) sea una apuesta democratizadora y federal, donde convivan lo mejor de las diferentes tradiciones del país, sin caer en espasmos esnobistas. Por eso no se trata de una propuesta de “poesía actual”, si no de poesía a secas, donde, de lo actual, se priorice la calidad y no las modas.


¿Cuáles son las dificultades y oportunidades a las que te enfrentás actualmente a la hora de editar?
Las dificultades son económicas: no somos una empresa, no tenemos estructura de empresa. Y tampoco pretendemos serlo. A comienzos de este año, ya editados nuestros primeros once títulos, intentamos trabajar con una editorial que se dedica a otras áreas, un poco para aligerar la carga económica, pero también para asegurar que ningún poeta vuelva a pagar sus ediciones. Pero la experiencia (breve) no fue positiva, porque se terminaron enfrentando dos lógicas: la de cierto tipo de empresario, que prioriza sus ganancias antes que un proyecto colectivo y cultural, y la de los poetas, que de ganancias económicas sabemos poco.
Ahora volvimos a un sistema cooperativo, donde el poeta que puede financia su libro y el de otro poeta a quien respeta y admira. Y de esta forma muy pronto vamos a sacar otros diez títulos (con una fuerte presencia femenina, que hasta ahora nos venía faltando).
Es en esta proliferación productiva en donde vemos las oportunidades para el sello, porque se trata de difundir la poesía que vale la pena y quitarnos la mordaza. Todo catálogo responde a parámetros estéticos y políticos. Al difundir ciertos poetas y no otros, estamos hablando de lo que para nosotros debería ser el canon de la poesía argentina. Y nuestro canon está, por lo menos, en disidencia con las tendencias hegemónicas del momento.


¿Cuál es el libro que más te gustó editar? ¿Qué libro te hubiese gustado editar? ¿Qué libro hace falta editar? En cada uno de los casos, ¿por qué?
El libro que más me gustó editar fue, sin duda alguna, Penúltimo poema del fútbol, de Bernardo Canal Feijóo. Creo que hicimos justicia con el primer libro de la historia de la poesía argentina que se animó a tematizar el deporte: Canal lo hizo en 1924, en la provincia de Santiago del Estero. Hoy, ese gesto vanguardista parece increíble. Pero también es increíble que ese lenguaje poético no haya perdido actualidad, 84 años después de su primera edición en libro.
Hay muchos poetas olvidados de nuestro pasado literario nacional, que bien podrían iluminar y ayudarnos a encaminar la producción del presente: Jorge Enrique Ramponi, el poeta mendocino que influenció a Neruda, Juan Manuel Inchauspe, ese gran poeta de Santa Fe, tan importante como el cordobés Romilio Ribero. Pero también hay extraordinarios poetas vivos, que merecen ser sacados de su marginalidad. Algo hicimos en esa dirección al publicar al pampeano Juan Carlos Bustriazo Ortiz, pero hay muchos otros nombres: Jacobo Regen (Salta), María Elvira Juárez (Tucumán), y tantos y tantas que constituirían una lista interminable. La producción poética de todos ellos merece circular a nivel nacional, y llegar también a las nuevas generaciones. Tanto como las nuevas generaciones de poetas de provincias merecemos ser reconocidos como poetas argentinos, no sólo locales. Y en eso estamos.



¿Cuál es el rol del editor hoy en día?
Creo que podría retomar lo que expresé más arriba: el rol del editor es fijar los parámetros estéticos y políticos de su catálogo, y esto es así, sea conciente o no, edite poesía, narrativa o autoayuda. La diferencia constitutiva está, me parece, en el vínculo que tenga ese editor con el lucro: ese vínculo determinará si su aventura editorial es una apuesta meramente económica, y en esta versión las opciones estéticas y políticas estarán encaminadas a ser funcionales a la masividad y a los nichos del mercado. Si, por el contrario, el interés lucrativo es más distante (con el riesgo que implica esa distancia en medio del capitalismo), las opciones estéticas y políticas se adecuarán más a otros intereses, a otras discusiones, probablemente disfuncionales a los parámetros exitistas del sistema.


Una pequeña reflexión acerca del presente del libro teniendo en cuenta las nuevas tecnologías y soportes.
Quizá, en un futuro no lejano, el libro en papel sea reemplazado por algún formato electrónico. Todo es cuestión de costumbre y de adecuar los soportes electrónicos a la comodidad del libro: las computadoras de mano son un ejemplo de esto, y lo único que impide que su uso se haya generalizado es su costo.
Cuando este reemplazo ocurra, las editoriales no desaparecerán, simplemente adaptarán sus catálogos a los nuevos formatos, como ya está haciendo, por ejemplo, la industria del disco. Quizá sí desaparezcan las imprentas dedicadas a los libros, aunque sigan imprimiendo volantes para la vía pública.
Pero incluso en ese hipotético mundo de acceso tecnológico para todos, el formato en papel subsistirá, sea en estanterías de coleccionistas, vitrinas de museos o subsuelos oscuros de bibliotecas públicas. El libro de papel, generalizada su versión electrónica, se convertirá en una mercancía de cambio con el valor agregado de la nostalgia.

 

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